Thursday, March 29, 2012

5DC,B - 2012 (Pagola)

Juan 12, 20-33
EL ATRACTIVO DE JESÚS
José Antonio Pagola

Unos peregrinos griegos que han venido a celebrar la Pascua de los judíos se acercan a Felipe con una petición: «Queremos ver a Jesús». No es curiosidad. Es un deseo profundo de conocer el misterio que se encierra en aquel hombre de Dios. También a ellos les puede hacer bien.

A Jesús se le ve preocupado. Dentro de unos días será crucificado. Cuando le comunican el deseo de los peregrinos griegos, pronuncia unas palabras desconcertantes: «Llega la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre». Cuando sea crucificado, todos podrán ver con claridad dónde está su verdadera grandeza y su gloria.

Probablemente nadie le ha entendido nada. Pero Jesús, pensando en la forma de muerte que le espera, insiste: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». ¿Qué es lo que se esconde en el crucificado para que tenga ese poder de atracción? Sólo una cosa: su amor increíble a todos.

El amor es invisible. Sólo lo podemos ver en los gestos, los signos y la entrega de quien nos quiere bien. Por eso, en Jesús crucificado, en su vida entregada hasta la muerte, podemos percibir el amor insondable de Dios. En realidad, sólo empezamos a ser cristianos cuando nos sentimos atraídos por Jesús. Sólo empezamos a entender algo de la fe cuando nos sentimos amados por Dios.

Para explicar la fuerza que se encierra en su muerte en la cruz, Jesús emplea una imagen sencilla que todos podemos entender: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto». Si el grano muere, germina y hace brotar la vida, pero si se encierra en su pequeña envoltura y guarda para sí su energía vital, permanece estéril.

Esta bella imagen nos descubre una ley que atraviesa misteriosamente la vida entera. No es una norma moral. No es una ley impuesta por la religión. Es la dinámica que hace fecunda la vida de quien sufre movido por el amor. Es una idea repetida por Jesús en diversas ocasiones: Quien se agarra egoístamente a su vida, la echa a perder; quien sabe entregarla con generosidad genera más vida.

No es difícil comprobarlo. Quien vive exclusivamente para su bienestar, su dinero, su éxito o seguridad, termina viviendo una vida mediocre y estéril: su paso por este mundo no hace la vida más humana. Quien se arriesga a vivir en actitud abierta y generosa, difunde vida, irradia alegría, ayuda a vivir. No hay una manera más apasionante de vivir que hacer la vida de los demás más humana y llevadera. ¿Cómo podremos seguir a Jesús si no nos sentimos atraídos por su estilo de vida?

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4DC,B 2012 Homilía A.. Martínez

Homilía
Ángel Martínez

Hoy no hace falta buscar un mensaje centrado en las tres lecturas de este domingo IV de Cuaresma. El mensaje está claro: por encima de los pecados del hombre, y de las sociedades que el hombre forma está la misericordia de Dios. Lo que quiere decir que a pesar de que el hombre se empeñe en destrozar su propia existencia, y la historia está llena de ejemplos sangrantes de ello, quien lleva con infinita paciencia esa historia no es el hombre sino Dios; algo así como la vida de un niño o la de un adolescente son llevadas por sus padres que tienen la paciencia necesaria para que sus retoños se vayan adultizando poco a poco a través de sus tropiezos y caprichos, los tropiezos del crecimiento.

Así en la primera lectura se nos dice: ante el desaguisado de los mismos jefes del pueblo que olvidando su condición de pueblo de Dios se hicieron paganos –gentiles dice el texto- en sus costumbres arrastando con ello al pueblo, siempre débil en los terrenos del autocontrol de masas, según aquel otro pasaje del ´Éxodo, cuando el ídolo de oro que se fabricaron en la larga ausencia de Moisés en el monte: sedit populus manducare et vivere et surrexerunt ludere: se entregaron a comilonas, y luego perdieron el control de sí mismos; digo que esa lectura primera nos dice que a pesar de todo “Dios les envió desde el `principio, es decir, siempre con repetición de su misericordia, avisos por medio de sus mensajeros porque tenía compasión de su pueblo y de su morada”.

En la segunda lectura el apóstol Pablo nos recuerda que “Dios en todos los tiempos muestra la inmensa riqueza de su gracia, la bondad, pues, dice, somos obra suya”, antes de lo que juzgamos ser nuestra autonomía.

Pero en el evangelio, no son los profetas ni es Pablo quienes nos hablan de la bondad y misericordia de Dios para con el hombre; es el mismo Jesús quien, en conversación con Nicodemo, hombre de buena voluntad, a pesar de su vejez, nos dice aquellas palabras que deberían ser escritas con letras de oro, pues ellas resumen todo el misterio del Universo resumido en la redención del hombre pecador por parte de su creador, que a pesar del pecado de su creatura, nunca se sintió frustrado de su obra: Sic Deus dilexit mundum ut filium suum unigenitum darte....... Y son palabras pronunciadas por el mismo Hijo, que fueron escritas y ratificadas no con letras de oro, sino de sangre.

Y no cabe duda de que Jesús cuando le dice esto a Nicodemo, no está hablando como un teólogo que expone doctrina, sino como un hombre que ha experimentado, que está experimentando el amor de Dios en su corazón, en su vida, aun sabiendo que ese mismo Dios, ya Padre para él, le va a pedir su vida en testimonio de amor al resto de sus hermanos los hombres.

Y es curioso que en este tiempo cuaresmal en que toda la liturgia parece seleccionada para recordarnos nuestros pecados a fin de movernos al arrepentimiento, estas lecturas de hoy nos recuerden con tanta insistencia el amor de Dios al hombre a pesar de su historia de infelicidad repetida una y mil veces a través de la Historia.

Una y mil veces... en el pasado y una y mil veces que volverán en el futuro: Porque es curioso que en el libro....de la Escritura que va enumerando los reyes de Israel casi siempre tras el nombre del que toca añade: ‘y subió al trono e hizo lo que no agrada al Señor’; de vez en cuando aparece un hombre según el corazón de Dios, pero casi siempre acaba mal, no admitido por los que podríamos llamar la oposición de la época, que siempre estuvo tintada de vueltas al paganismo, al gentilismo del politeísmo idolátrico con todas las aberturas al pecado socializado.

Como en nuestros días..., sí, como en nuestros días... Pero a pesar de todo la Iglesia, heredera, del antiguo Israel a través de Jesús, tiene que seguir predicando la misericordia de Dios. Y la razón siempre es la misma: el hombre no es capaz de medir el alcance del amor de Dios a su obra, a su hijo, el hombre, personificado en su propio Hijo, Jesús por el cual fue hecho todo y para el que todo fue llamado a la existencia. Son misterios que se nos escapan, pero que al menos los tenemos ante el alcance de nuestro conocimiento casi por completo después de la venida del Verbo encarnado a esta nuestra humanidad. Pero el hombre no es sólo inteligencia, mente, conocimiento. Decía el gran poeta alemán Holderlin con gran acierto: ‘el hombre es un mendigo cuando reflexiona y un dios cuando sueña’; pero nadie puede soñar si no tiene un gran corazón que abarca algo grande. Pues eso, que el hombre es más corazón siempre que mente. Pero a ese corazón le falta quizás el dejarse invadir por el amor de Dios que le invade por todas partes. Quizás sólo los santos ha sido capaces de sentir ese amor de Dios llenando sus corazones, por eso han sido siempre los más grandes soñadores eficaces en el amor al hermano.

Finalmente, hemos de anotar, que la festividad de la Misericordia de Dios que el gran Papa Juan Pablo II quiso instituir, precisamente en el domingo in Albis, el primero tras la Pascua inspirándose en las contemplaciones místicas de Sor..... sea uno de los acontecimientos eclesiales más destacados de esta época tan alejada del los mandamientos del Sinaí, y que además parece emperrada en mantenerse con una propaganda ‘legal’ sumamente agresiva tan alejada de los caminos de la paz interior tan necesaria al hombre y de la paz exterior tan necesaria a las naciones. Y no cabe decir que ésta, la paz de las naciones está más asegurada hoy que nunca: eso creían nuestros abuelos y en medio siglo les tocó vivir los dos enfrentamientos más mortíferos en una Europa que era mucho más cristiana oficialmente sin comparación que la nuestra, y en manera alguna se trataron de guerras de carácter religioso. Por eso, la Iglesia sabe que son muchas las almas que entran en desconfianza del mismo Dios, ante la sociedad que se nos paganiza a marchas forzadas comenzando por arriba, como los reyes de Israel: ¿Dónde está Dios para impedir tanto desvarío? Dios sigue estando en la misericordia, en el amor por el hombre y por su historia.

Quizás debamos repetirnos con frecuencia la aclamación preevangélica de hoy, nacida de los mismos labios de Jesús: Sic Deus dilexit mumdum ut Filium suum unigenitum daret. Ello podrá hacer renacer en neeustro corazón la esperanza cristiana y con la esperanza las acciones evangelizadoras que estén a nuestro alcance. Que así sea.

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4DC.B - 2012 (Pagola)

Juan 3, 14-21
MIRAR AL CRUCIFICADO
José Antonio Pagola

El evangelista Juan nos habla de un extraño encuentro de Jesús con un importante fariseo, llamado Nicodemo. Según el relato, es Nicodemo quien toma la iniciativa y va a donde Jesús «de noche». Intuye que Jesús es «un hombre venido de Dios», pero se mueve entre tinieblas. Jesús lo irá conduciendo hacia la luz.

Nicodemo representa en el relato a todo aquel que busca sinceramente encontrarse con Jesús. Por eso, en cierto momento, Nicodemo desaparece de escena y Jesús prosigue su discurso para terminar con una invitación general a no vivir en tinieblas, sino a buscar la luz.

Según Jesús, la luz que lo puede iluminar todo está en el Crucificado. La afirmación es atrevida: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna». ¿Podemos ver y sentir el amor de Dios en ese hombre torturado en la cruz?

Acostumbrados desde niños a ver la cruz por todas partes, no hemos aprendido a mirar el rostro del Crucificado con fe y con amor. Nuestra mirada distraída no es capaz de descubrir en ese rostro la luz que podría iluminar nuestra vida en los momentos más duros y difíciles.

Sin embargo, Jesús nos está mandando desde la cruz señales de vida y de amor.

En esos brazos extendidos que no pueden ya abrazar a los niños, y en esa manos clavadas que no pueden acariciar a los leprosos ni bendecir a los enfermos, está Dios con sus brazos abiertos para acoger, abrazar y sostener nuestras pobres vidas, rotas por tantos sufrimientos.

Desde ese rostro apagado por la muerte, desde esos ojos que ya no pueden mirar con ternura a pecadores y prostitutas, desde esa boca que no puede gritar su indignación por las víctimas de tantos abusos e injusticias, Dios nos está revelando su "amor loco" a la Humanidad.

«Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Podemos acoger a ese Dios y lo podemos rechazar. Nadie nos fuerza. Somos nosotros los que hemos de decidir. Pero «la Luz ya ha venido al mundo». ¿Por qué tantas veces rechazamos la luz que nos viene del Crucificado?

Él podría poner luz en la vida más desgraciada y fracasada, pero «el que obra mal... no se acerca a la luz para no verse acusado por sus obras». Cuando vivimos de manera poco digna, evitamos la luz porque nos sentimos mal ante Dios. No queremos mirar al Crucificado. Por el contrario, «el que realiza la verdad, se acerca a la luz». No huye a la oscuridad. No tiene nada que ocultar. Busca con su mirada al Crucificado. Él lo hace vivir en la luz.

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3DC,B - 2012 (Pagola)

Juan 2,13-25
LA INDIGNACIÓN DE JESÚS
José Antonio Pagola

Acompañado de sus discípulos, Jesús sube por primera vez a Jerusalén para celebrar las fiestas de Pascua. Al asomarse al recinto que rodea el Templo, se encuentra con un espectáculo inesperado. Vendedores de bueyes, ovejas y palomas ofreciendo a los peregrinos los animales que necesitan para sacrificarlos en honor a Dios. Cambistas instalados en sus mesas traficando con el cambio de monedas paganas por la única moneda oficial aceptada por los sacerdotes.

Jesús se llena de indignación. El narrador describe su reacción de manera muy gráfica: con un látigo saca del recinto sagrado a los animales, vuelca las mesas de los cambistas echando por tierra sus monedas, grita: «No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».

Jesús se siente como un extraño en aquel lugar. Lo que ven sus ojos nada tiene que ver con el verdadero culto a su Padre. La religión del Templo se ha convertido en un negocio donde los sacerdotes buscan buenos ingresos, y donde los peregrinos tratan de "comprar" a Dios con sus ofrendas. Jesús recuerda seguramente unas palabras del profeta Oseas que repetirá más de una vez a lo largo de su vida: «Así dice Dios: Yo quiero amor y no sacrificios».

Aquel Templo no es la casa de un Dios Padre en la que todos se acogen mutuamente como hermanos y hermanas. Jesús no puede ver allí esa "familia de Dios" que quiere ir formando con sus seguidores. Aquello no es sino un mercado donde cada uno busca su negocio.

No pensemos que Jesús está condenando una religión primitiva, poco evolucionada. Su crítica es más profunda. Dios no puede ser el protector y encubridor de una religión tejida de intereses y egoísmos. Dios es un Padre al que solo se puede dar culto trabajando por una comunidad humana más solidaria y fraterna.

Casi sin darnos cuenta, todos nos podemos convertir hoy en "vendedores y cambistas" que no saben vivir sino buscando solo su propio interés. Estamos convirtiendo el mundo en un gran mercado donde todo se compra y se vende, y corremos el riesgo de vivir incluso la relación con el Misterio de Dios de manera mercantil.

Hemos de hacer de nuestras comunidades cristianas un espacio donde todos nos podamos sentir en la «casa del Padre». Una casa acogedora y cálida donde a nadie se le cierran las puertas, donde a nadie se excluye ni discrimina. Una casa donde aprendemos a escuchar el sufrimiento de los hijos más desvalidos de Dios y no solo nuestro propio interés. Una casa donde podemos invocar a Dios como Padre porque nos sentimos sus hijos y buscamos vivir como hermanos.

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3DC,B 2012 (Mulet)

Franesc Mulet, escolapio

El evangelio de hoy es uno de los pocos pasajes evangélicos en que aparece la cólera de Jesús, motivada por la situación anómala que encuentra en el templo de Jerusalén, invadido por los vendedores de animales para el sacrificio y por los cambistas de dinero; entonces él, haciendo un azote de cordeles, expulsó a los primeros con su mercancía y volcó las mesas y desparramó por el suelo el dinero de los segundos. Todo para que no convirtieran en mercado la casa de su Padre, casa de oración.

El nuevo templo espiritual se construye sobre Cristo, muerto y resucitado, y fundamenta la nueva alianza y la nueva religión en espíritu y verdad, que viene a sustituir a la antigua alianza, expresada en la ley mosaica.

Todas las religiones han tenido y tienen un lugar destinado al culto, llámese iglesia, templo, santuario, sinagoga o mezquita. Este espacio sacro cumple diversas funciones bajo el común denominador de religión. Es ubicación de la presencia de la divinidad, lugar de culto a la misma y de convocación del pueblo, presidido por sacerdotes que hacen de puente entre la deidad y los fieles congregados en la fe común.

Mediante los ritos cultuales el pueblo fiel puede, en primer lugar, entrar en comunión con el misterio, que constituye el mundo de lo sacro; y en segundo lugar, consigue aplacar a la divinidad y alcanzar sus favores y hasta participar en su vida superior. En la cumbre de esta adoración cultual se dividen las vertientes de la religiosidad auténtica o de su adulteración por la magia.

En el pasaje de la purificación del templo, Jesús aparece como innovador y se pronuncia por una religión limpia de ritualismos muertos, por un culto vivo y nacido de la fe del corazón. Para un culto vivo a Dios cuenta sobre todo el factor humano, es decir, la fe de los creyentes que alaban a Dios en unión con Cristo.

Sin romper el equilibrio entre persona y comunidad ni minusvalorar la expresión exterior de las formas religiosas y litúrgicas, hay que dar, no obstante, la primacía al espíritu, a la fe y al corazón. Y sobre todo, pasar el culto a la vida y la vida al culto, asumiendo la dimensión religiosa de toda nuestra existencia personal, familiar, laboral y cívica.

La auténtica religión y adoración en espíritu y verdad, el culto verdadero y completo, es la religión de la vida entera, vivida con fidelidad plena a la voluntad de Dios y en solidaridad con el hombre, especialmente con nuestros hermanos más débiles y necesitados. Al salir del templo es cuando palpamos la verdad o mentira de nuestro culto y religión.

Que al escuchar la Palabra viva del evangelio, nos solidaricemos cada vez más con los que sufren las consecuencias de la crisis económica y vivamos comprometidamente nuestra fe.

Ánimo en esta tarea. Un abrazo,
Francesc Mulet

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2DC,B 2012 (Mulet)

Francesc Mulet

El relato de la transfiguración del Señor adelanta ya en vida de Jesús, y antes de su pasión y muerte, la plena comprensión que del misterio de Cristo dio a los apóstoles la fe pos-pascual. El evangelista Marcos, inmediatamente después del anuncio por Jesús de su pasión y muerte en Jerusalén, hacia donde camina, nos da hoy en el evangelio una esplendorosa visión teológica de la figura de Cristo, anticipando ya el triunfo de su resurrección.

Como entendemos por la primera lectura de hoy, el sacrificio de Abrahán es la prueba de su fe por Dios. Isaac era el hijo único de Abrahán, el de la ancianidad, el de la promesa divina. Y ahora Dios le pide el sacrificio de su vida. Suprema prueba a la fe, confianza, obediencia y fidelidad de un hombre justo; con el agravante de que, con esa orden, Dios parece romper su palabra y cierra a Abrahán toda esperanza de futuro.

No obstante, Abrahán obedece y se encamina al monte Moria con su hijo Isaac que, sin saberlo, lleva la leña para su propio holocausto. Pero en el momento cumbre el ángel del Señor detiene el brazo de Abrahán, y un carnero sustituye al hijo en el sacrificio. En vista de su probada fidelidad, Dios le renueva a Abrahán su promesa: descendencia numerosa, tierra en posesión y bendición para su pueblo y las naciones todas de la tierra.

Ciertamente la fe no es un sistema de seguridad al uso. Tiene su buena dosis de riesgo, aunque no de irracionalidad. Su objeto no es demostrable, medible y tasable como en las garantías y seguridades temporales. Y hay que aceptarlo así, aunque lo que hoy priva es la seguridad total. Una cierta garantía de seguridad es razonable; pero si se convierte en valor absoluto, obsesivo y sicótico, crea la instalación sedentaria (¡qué bien se está aquí!), el pavor ante el cambio, el odio a lo nuevo. Hasta puede bloquear el avance en todos los sectores: personal, profesional, social y, ¿cómo no?, también cristiano.

Algunos ven la fe como un seguro más para el consumo religioso. Nada más falso. La fe y la religión no son una agencia de seguros para la vida eterna, ni un banco para el cobro de unos intereses a plazo fijo, ni un supermercado para satisfacción de necesidades consumistas, aunque éstas sean espirituales. Todo esto no es fe.

La fe cristiana consiste en depositar nuestra confianza y amistad, por medio de Jesús, en una persona, Dios, a quien aceptamos y de cuya palabra y honestidad nos fiamos absolutamente.

Hoy entendemos que el comienzo de la fe es escuchar a Jesús, el Hijo amado del Padre, como nos dice su voz desde la nube de la transfiguración. Cristo es la palabra personal de Dios; y donde mejor se le oye es en la soledad y el vacío interior. Por eso debemos "subir a la montaña" con Jesús para orar.

Oremos unos por otros.

Un abrazo cordial,
Francesc Mulet

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Tuesday, February 28, 2012

23DC,B - 2012 (Pagola)

Marcos 9, 2-10
LIBERAR LA FUERZA DEL EVANGELIO
José Antonio Pagola

El relato de la "Transfiguración de Jesús" fue desde el comienzo muy popular entre sus seguidores. No es un episodio más. La escena, recreada con diversos recursos de carácter simbólico, es grandiosa. Los evangelistas presentan a Jesús con el rostro resplandeciente mientras conversa con Moisés y Elías.

Los tres discípulos que lo han acompañado hasta la cumbre de la montaña quedan sobrecogidos. No saben qué pensar de todo aquello. El misterio que envuelve a Jesús es demasiado grande. Marcos dice que estaban asustados.

La escena culmina de forma extraña: «Se formó una nube que los cubrió y salió de la nube una voz: Este es mi Hijo amado. Escuchadlo». El movimiento de Jesús nació escuchando su llamada. Su Palabra, recogida más tarde en cuatro pequeños escritos, fue engendrando nuevos seguidores. La Iglesia vive escuchando su Evangelio.

Este mensaje de Jesús, encuentra hoy muchos obstáculos para llegar hasta los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Al abandonar la práctica religiosa, muchos han dejado de escucharlo para siempre. Ya no oirán hablar de Jesús si no es de forma casual o distraída.

Tampoco quienes se acercan a las comunidades cristianas pueden apreciar fácilmente la Palabra de Jesús. Su mensaje se pierde entre otras prácticas, costumbres y doctrinas. Es difícil captar su importancia decisiva. La fuerza liberadora de su Evangelio queda a veces bloqueada por lenguajes y comentarios ajenos a su espíritu.

Sin embargo, también hoy, lo único decisivo que podemos ofrecer los cristianos a la sociedad moderna es la Buena Noticia proclamada por Jesús, y su proyecto de una vida más sana y digna. No podemos seguir reteniendo la fuerza humanizadora de su Evangelio.

Hemos de hacer que corra limpia, viva y abundante por nuestras comunidades. Que llegue hasta los hogares, que la puedan conocer quienes buscan un sentido nuevo a sus vidas, que la puedan escuchar quienes viven sin esperanza.

Hemos de aprender a leer juntos el Evangelio. Familiarizarnos con los relatos evangélicos. Ponernos en contacto directo e inmediato con la Buena Noticia de Jesús. En esto hemos de gastar las energías. De aquí empezará la renovación que necesita hoy la Iglesia.

Cuando la institución eclesiástica va perdiendo el poder de atracción que ha tenido durante siglos, hemos de descubrir la atracción que tiene Jesús, el Hijo amado de Dios, para quienes buscan verdad y vida. Dentro de pocos años, nos daremos cuenta de que todo nos está empujando a poner con más fidelidad su Buena Noticia en el centro del cristianismo.

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1DC.B - Homilía - 2010 (Ángel M.)

P.Ángel Martínez, escolapio

La explicación a los niños de la ‘Cuaresma’: las tres cuaresmas bíblicas: la de Moisés, la de Elías, la de Cristo; de ahí
+‘la cuaresma como tiempo de oración’
+ si queremos acertar,
+ porque la oscuridad se da cuando se trata de relaciones humanas, que en las otras ya no hace tanta falta, pues la lógica de la naturaleza nos ayuda mucho más
+ pero querer acertar, sólo lo quieren y buscan los que de verdad aman, como los padres y los santos

Pero me detuve mucho más en la cuaresma de Moisés
+ una Constitución..., para un pueblo de esclavos bárbaros
+ por hacerles ver que lo que parece simplemente humano es más complejo de lo que parece:
+ necesitamos que Dios nos dé ‘las normas’ de vida social y personal, pues las dos son inseparables

A dónde va esta introducción en este Domingo I de Cuaresma?
+ las tres lecturas abundan en el mismo mensaje:
+ hay una fuerza por encima de nosotros que gobierna la historia aunque no miremos al cielo habitualmente

En efecto:
+ 1ª lectura:
+* el diluvio, hecho de lo más cosmológico, es una ocasión para que se muestre la misericordia de Dios con el hombre: a pesar de todo, la historia, amor de Dios al ser humano, se cumplirá, porque desde el inicio hay un pacto ‘mío’, por tanto gratuito, con el hombre,
+ es hora de que os penetréis de esta visión de vuestras vidas y condición aquí abajo: yo estoy con vosotros: la vida, los vivientes, no quedarán nunca destruidos, mi palabra creadora se cumplirá siempre
+acostumbraos a descansar en mi palabra por encima de cualquier acontecimiento adverso

2ª lectura:
+ la muerte se cebó en el cuerpo de Jesús: la muerte es más que un diluvio
+ pero Jesús poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida: el Espíritu es vida
+ vida que ya abarca a toda la humanidad, desde los primeros humanos encarcelados en la muerte que produjo el diluvio y con él y en él toda catástrofe de la historia
+ San Pedro amplía y afirma la presencia de Dios en la historia entera del hombre y las aguas tenebrosas del diluvio le suministran el puente simbólico de las aguas bautismales que constituyen la continuidad cada vez más esclarecida por benéficas la presencia de Dios en la historia, pues nos permiten entrar en la vida por la resurrección de Jesús, el primero en entrar en la casa del Padre
+ y está a la derecha de Dios, vale decir –como el viejo catecismo- que el hombre en Jesús podrá tener la misma plenitud de vida como Dios tiene;
3ª lectura:
+ el espíritu guía los pasos trascendentales de Jesús: él le guía a la cuarentena de oración en el desierto antes de entrar con toda la presencia del mismo a dar testimonio al hombre de que Dios le sigue queriendo tanto que se va a hacer presente en su propio hijo que va a ser tentado también por Satanás, el polo opuesto de la mentalidad del espíritu
+ porque aunque el hombre se encuentre en esta vida entre alimañas, también tenemos, como Jesús, los ángeles buenos a nuestro servicio.

Esta, queridos hermanos, es uno de los mensajes de la palabra de Dios en este domingo I de Cuaresma: ‘Dios primero’, como dicen en América, y sólo él es fuente de esperanza verdadera, vale decir, dinámica y de descanso para el hombre viator por los caminos pedregosos de la historia. Es así también para nosotros?
Que nuestra oración sea la del salmo responsorial: Tus sendas, tus caminos, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza.

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1DC.B - 2012 (Pagola)

Marcos 1, 12-15
ENTRE CONFLICTOS Y TENTACIONES
José Antonio Pagola

Antes de comenzar a narrar la actividad profética de Jesús, Marcos escribe estos breves versículos: «El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían». Estas breves líneas son un resumen de las experiencias básicas vividas por Jesús hasta su ejecución en la cruz.

Jesús no ha conocido una vida fácil y tranquila. Ha vivido impulsado por el Espíritu, pero ha sentido en su propia carne las fuerzas del mal. Su entrega apasionada al proyecto de Dios lo ha llevado a vivir una existencia desgarrada por conflictos y tensiones. De él hemos de aprender sus seguidores a vivir en tiempos de prueba.

«El Espíritu empuja a Jesús al desierto». No lo conduce a una vida cómoda. Lo lleva por caminos de pruebas, riesgos y tentaciones. Buscar el reino de Dios y su justicia, anunciar a Dios sin falsearlo, trabajar por un mundo más humano es siempre arriesgado. Lo fue para Jesús y lo será para sus seguidores.

«Se quedó en el desierto cuarenta días». El desierto será el escenario por el que transcurrirá la vida de Jesús. Este lugar inhóspito y nada acogedor es símbolo de prueba y purificación. El mejor lugar para aprender a vivir de lo esencial, pero también el más peligroso para quien queda abandonado a sus propias fuerzas.

«Tentado por Satanás». Satanás significa "el adversario", la fuerza hostil a Dios y a quienes trabajan por su reinado. En la tentación se descubre qué hay en nosotros de verdad o de mentira, de luz o de tinieblas, de fidelidad a Dios o de complicidad con la injusticia.

A lo largo de su vida, Jesús se mantendrá vigilante para descubrir a "Satanás" en las circunstancias más inesperadas. Un día rechazará a Pedro con estas palabras: "Apártate de mí, Satanás, porque tus pensamiento no son los de Dios". Los tiempos de prueba hemos de vivirlos, como él, atentos a lo que nos puede desviar de Dios.

«Vivía entre alimañas, y los ángeles le servían». Las fieras, los seres más violentos de la tierra, evocan los peligros que amenazarán a Jesús. Los ángeles, los seres más buenos de la creación, sugieren la cercanía de Dios que lo bendice, cuida y sostiene. Así vivirá Jesús: defendiéndose de Antipas al que llama "zorra" y buscando en la oración de la noche la fuerza del Padre.

Hemos de vivir estos tiempos difíciles con los ojos fijos en Jesús. Es el Espíritu de Dios el que nos está empujando al desierto. De esta crisis saldrá un día una Iglesia más humilde y más fiel a su Señor.

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1DC.B - 2012 (Mulet)

Francesc Mulet, escolapio

Jesús en el desierto… Lo primero que nos llama la atención es que “el Espíritu empujó a Jesús al desierto”; "empujar" indica el impulso interior que Jesús siente por dentro y que lo lleva al "desierto”.

El desierto es el lugar del combate contra las fuerzas del mal y del encuentro con Dios. El desierto representa a la sociedad judía, con la que Jesús no comparte sus valores y en la que Jesús va a realizar su misión liberadora en fidelidad al “designio” del Padre. El hombre contemporáneo huye del desierto, le asusta la soledad y la ausencia de sonidos y estímulos visuales. . Sin embargo, el desierto es un lugar fecundo, en el que podemos percibir la grandeza de Dios y el valor relativo de todo lo demás. El «desierto» es, al mismo tiempo, el mejor lugar para escuchar, en silencio y soledad, la voz de Dios.

Jesús se encuentra tranquilamente con los animales feroces del desierto. La armonía con los animales feroces y el servicio de los ángeles ponen de relieve la victoria de Jesús sobre Satanás: se presenta a Jesús como el vencedor y el desierto vuelve a florecer como un lugar de encuentro, de comunión y de intimidad con Dios.

Se ha cumplido el plazo. Esta expresión índica que se avecina un tiempo nuevo. Que se ha cumplido el plazo señalado por Dios. El momento ha llegado porque Jesús ha aparecido en esta tierra. Nuestras aspiraciones más profundas pueden realizarse. El tiempo humano es la oportunidad de llegar a vivir como hijos de Dios, en la confianza y en el abandono a Él.

“Está cerca el Reino de Dios”. Dios está cerca,... En Jesús, en sus palabras y en sus gestos ya está presente el Reino de Dios. Jesús es el Reino de Dios presente en medio de nosotros. La gran esperanza de la humanidad está aquí y ahora.

“Convertíos y creed en la Buena Noticia”... Cambiad de dirección, de manera de ver las cosas. Somos invitados, en esta Cuaresma, a una profunda conversión, una conversión del corazón. Si el corazón del hombre no es bueno, ninguna otra cosa puede llegar a ser buena y la bondad del corazón sólo puede venir de Aquél que es la Fuente de toda bondad y de todo bien.

Que hagas un buen camino de cuaresma.
Un abrazo,

Francesc Mulet

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7DO.I.B - Estudio - 2012 (M. Espejo)

P. Manolo Espejo, escolapio

(Is 43,18-25)"Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?"

(2 Cor 1,18-22) “Él nos ha sellado y ha puesto en nosotros el Espíritu”.

(Mc 2,1-12) "Tus pecados quedan perdonados. Coge tu camilla y vete a casa"

CONTEXTO.- Jesús vuelve a Cafarnaúm. También hoy, Jesús habla a la gente, pero sigue sin decirnos de qué les habla. Una vez más, tenemos que adivinar el mensaje a través de los hechos. Por primera vez, evangelio de Mc, se habla de la oposición de los letrados, que se repetirá en los próximos textos. Los tres sinópticos relatan esta curación del paralítico, lo cual manifiesta que era recordado en todas las tradiciones.

EXPLICACIÓN.- El mensaje del episodio del paralítico es muy parecido al que leímos el domingo pasado del leproso. También al leproso se le perdonaros los “pecados”, puesto que el sacerdote le tenía que declarar puro. El paralítico era considerado impuro, porque se creía que toda enfermedad era castigo de Dios por los pecados. Ambos estaban impedidos de ser plenamente humanos.

Toda la escena del paralítico, se desarrolla en “casa”, no en el templo. El templo era el paradigma de la institución, pero había dejado de ser el lugar de la presencia de Dios, porque los dirigentes utilizaban su organigrama para oprimir a la gente. El relato nos dice que Dios está con el hombre, no en lugares sagrado sino allí donde desarrolla su actividad normal; donde lucha, donde sufre, donde llora.

“Llegaron cuatro llevando a un paralítico...” El paralítico y los cuatro portadores representan a todos los que vienen en busca de salvación. Jesús les ofrece esa salvación dándoles vida. La muchedumbre apelotonada, les impide llegar hasta Jesús. Israel que había sido cauce de salvación, es ahora el obstáculo para alcanzarla. El pueblo elegido (la puerta), está ahora obstruida, no permite el paso.

“Viendo la fe que tenían”. No se trata de una fe religiosa, sino de una confianza manifestada en las acciones. Jesús descubre la fe en los que lo llevan, pero habla al enfermo que no podía ni moverse. La fe, adhesión a Jesús, no sólo cancela el pasado de injusticia, sino que abre la posibilidad de nueva vida. A primera vista, parece que van buscando la salud física, pero Jesús se dirige al enfermo hablándole de la salud integral. Como ya dijimos, si toda enfermedad se debía al pecado, no hay por qué distinguir entre sanar y perdonar. Jesús tampoco quiere distinguir, y empieza por lo verdaderamente importante.

“Tus pecados quedan perdonados”. No le dice: yo te perdono; ni siquiera, Dios te perdona, como interpretan los fariseos, sino “tus pecados quedan perdonados”. El verbo griego (aphiemi) significa soltar, desatar, dejar libre; pero también “pasar por alto, no hacer caso”. Para mí, éste último, es el significado más adecuado. Tus pecados no son tenidos en cuenta. Es una manera excelente de expresar lo que es el perdón de Dios. Tu actitud presente es lo importante. Lo anterior no cuenta para Dios. No debe contar tampoco para ti.

Los letrados están instalados protegidos por la gente que les rodea. Representan la doctrina oficial, que no acepta la novedad de Jesús. Una y otra vez se dice que su “razonamiento” es interior (en su corazón). Todo apunta a que su presencia es sólo simbólica. Son todos los presentes los que piensan como los letrados.

“Para que veáis que “el Hijo de Hombre” tiene poder en la tierra para perdonar...” Hijo de hombre es una expresión aramea que significa simplemente “hombre”. En este caso es muy importante descubrir que Jesús actúa como ser humano, no como Dios. Para entender bien esta frase, no hay que olvidar la inseparabilidad de la enfermedad y del pecado. También la curación y el perdón del pecado son inseparables. No se trata de una demostración añadida de poder, sino de una declaración: Para que veáis que ya está curado. Jesús realiza una sola acción que tiene dos efectos, uno invisible: perdón de los pecados y otro visible y constatable: la curación del paralítico.

“Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”. Removida la causa, se quita el efecto. Nada se hubiera conseguido si hubiera quitado el efecto sin eliminar la causa. Lo que hace el paralítico, que aún no se había enterado de que estaba curado, es demostrar con hechos la realidad. La movilidad no es un milagro añadido, sino la consecuencia del perdón. En el momento que toma conciencia de que Dios le ama, empieza a caminar.

APLICACIÓN.- Los “letrados” tenían razón al pensar que solo Dios puede perdonar pecados. Pero lo que nos dice Jesús, es que Dios no puede no perdonar. Él es perdón y está perdonando siempre. Por lo tanto, cualquier “Hombre” puede perdonar pecados, porque únicamente se trata de convencer al otro de que Dios le ama. La "buena noticia" de Jesús se resume en este mensaje: Dios es amor incondicional y para todos. Para los fariseos, Dios era justo. Tenía que pagar a cada uno su merecido. Hoy, seguimos aferrados a esta idea farisaica. También hoy, se llama blasfemo al que se atreve a predicar el perdón. No nos damos cuenta de la monstruosidad de esa postura. Indirectamente estamos diciendo que si Dios me perdona es porque me lo he merecido. ¡Absurdo!

El tema del pecado y del perdón, es uno de los más embrollados de nuestra religión. Toda la doctrina que nos han enseñado sobre ambos, tiene muy poco que ver con el evangelio. En ella hemos proyectado sobre Dios nuestro concepto de justicia, y nos hemos olvidado de que el Dios de Jesús es amor. Para nosotros la justicia es restablecer un equilibrio que se ha roto por una injusticia. Creemos que “pecado” es hacer daño al otro, y tenemos que resarcir al otro de ese daño. La cosa se complica aún más, cuando pensamos que ese otro, es Dios y que pecado es hacerle daño. Para salir del pecado, tenemos que pagar a Dios la ofensa o, peor todavía, que otro tiene que pagar por nosotros...

Pecado es una actitud contraria al bien del hombre. Cuando uno peca, se daña, en primer lugar, a sí mismo; no hace falta que nadie lo castigue. Ya se ha castigado él mismo. El daño al otro no es el pecado, sino la consecuencia del pecado. Pecado no es el acto concreto con el que he hecho daño a otro o a mí mismo. Pecado es una actitud que me deteriora como ser humana. Una confesión que tienen en cuenta sólo el acto y no afecta para nada a la actitud, será completamente estéril. Esta falsa concepción del pecado, es la que nos impide entrar en la dinámica del evangelio. La justicia humana trata de reparar un daño que se ha infringido a otro, y no puede ir más allá. Eso para Dios no tiene sentido. Para Dios todo está siempre en equilibrio, en ningún momento se da una situación de injusticia. Por eso el Dios de Jesús busca al pecador que es el verdaderamente dañado, impedido, muerto, para sacarle de esa situación de inhumanidad.

Pecado en el AT, era errar el blanco; en el doble sentido de apuntar a un blanco falso o apuntar a un blanco acertado, pero errar por falta de entrenamiento. ¡Mucha atención! En ambos casos el yerro se debe a una realidad anterior al hecho mismo de disparar. Un fallo no se arregla con sacrificios o lamentos; menos aún con perdón o comprensión venido de fuera. Si descubro que voy por un camino que me lleva al abismo, la única solución es que abandone el camino y emprenda otra dirección. ¿De qué me serviría lamentarme o pedir comprensión, si no abandono la trayectoria? Si creemos que el perdón consiste en que Dios cambie su actitud para con nosotros, y resulta que eso es imposible, porque Dios ni puede, ni tiene nada que cambiar; y por nuestra parte no se produce ningún cambio en nosotros, porque lo único que buscamos es que nos quiten el pecado sin modificar la actitud, ¿En qué se queda la confesión puramente verbal, que todos hemos practicado tantas veces?

La opresión, activa o pasiva (el pecado del mundo), es la causa de toda parálisis que impide al hombre ser él. Sólo el mal moral tiene verdaderamente capacidad de paralizar absolutamente. El mal físico (una enfermedad, un accidente o algún daño causado por otro) solo paraliza cuando la persona no es auténticamente persona. En contra de lo que se oye con demasiada frecuencia, nunca como hoy se ha tenido más clara conciencia del pecado, del único que existe, la opresión. Cada vez más los cristianos, sobre todo los jóvenes, se niegan a ver pecados mortales por todas partes. Dentro y fuera del cristianismo, está creciendo la conciencia de injusticia y opresión que invade nuestra sociedad. Éste es el único pecado contra el que debemos luchar en nombre del evangelio.

La invitación a cargar con su pasado es determinante a tratar del futuro de una persona que ha fallado en su vida. Todas las enfermedades síquicas que no son consecuencia de lesiones o desarreglos neuronales, tienen su causa en la falta de integración del pasado. Esquizofrenias, neurosis, depresiones, etc. son desajustes en la aceptación de nuestro pasado. Si no se hubiera echado al hombro la camilla, la hubiera llevado arrastras, que es mucho más difícil. No podemos deshacernos de nuestro pasado, pero podemos cargarlo a la espalda y no identificarnos con él. Con el pasado a cuestas, debemos caminar mirando al futuro poniendo nuestra esperanza en él.

+

Meditación-contemplación


¡Tus pecados están perdonados!
En el momento que te lo creas de verdad,
toda tu vida cambiará radicalmente.
La preocupación más fuerte y más paralizante se desvanecerá.
………………..

No pierdas el tiempo pidiendo perdón a Dios.
Perdónate tú mismo y perdona siempre a los demás.
En la medida que hagas esto último,
Descubrirás que Él te proporciona perdón-amor para dar y tomar.
………………..

Échate a la espalda el pasado.
Por pesada que sea la mochila,
Tú eres mucho más que lo que hay dentro de ella.
El mismo Dios es tu energía,
Nada ni nadie podrá impedir que llegues a la META.

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7DO.I.B - 2012 (Pagola)

Marcos 2, 1-12
CURADOR DE LA VIDA
José Antonio Pagola

Jesús fue considerado por sus contemporáneos como un curador singular. Nadie lo confunde con los magos o curanderos de la época. Tiene su propio estilo de curar. No recurre a fuerzas extrañas ni pronuncia conjuros o fórmulas secretas. No emplea amuletos ni hechizos. Pero cuando se comunica con los enfermos contagia salud.

Los relatos evangélicos van dibujando de muchas maneras su poder curador. Su amor apasionado a la vida, su acogida entrañable a cada enfermo, su fuerza para regenerar lo mejor de cada persona, su capacidad de contagiar su fe en Dios creaban las condiciones que hacían posible la curación.

Jesús no ofrece remedios para resolver un problema orgánico. Se acerca a los enfermos buscando curarlos desde su raíz. No busca solo una mejoría física. La curación del organismo queda englobada en una sanación más integral y profunda. Jesús no cura solo enfermedades. Sana la vida enferma.

Los diferentes relatos lo van subrayando de diversas maneras. Libera a los enfermos de la soledad y la desconfianza contagiándoles su fe absoluta en Dios: "Tú, ¿ya crees?". Al mismo tiempo, los rescata de la resignación y la pasividad, despertando en ellos el deseo de iniciar una vida nueva: "Tú, ¿quieres curarte?".

No se queda ahí. Jesús los libera de lo que bloquea su vida y la deshumaniza: la locura, la culpabilidad o la desesperanza. Les ofrece gratuitamente el perdón, la paz y la bendición de Dios. Los enfermos encuentran en él algo que no les ofrecen los curanderos populares: una relación nueva con Dios que los ayudará a vivir con más dignidad y confianza.

Marcos narra la curación de un paralítico en el interior de la casa donde vive Jesús en Cafarnaún. Es el ejemplo más significativo para destacar la profundidad de su fuerza curadora. Venciendo toda clase de obstáculos, cuatro vecinos logran traer hasta los pies de Jesús a un amigo paralítico.

Jesús interrumpe su predicación y fija su mirada en él. ¿Dónde está el origen de esa parálisis? ¿Qué miedos, heridas, fracasos y oscuras culpabilidades están bloqueando su vida? El enfermo no dice nada, no se mueve. Allí está, ante Jesús, atado a su camilla.

¿Qué necesita este ser humano para ponerse en pie y seguir caminando? Jesús le habla con ternura de madre: «Hijo, tus pecados quedan perdonados». Deja de atormentarte. Confía en Dios. Acoge su perdón y su paz. Atrévete a levantarte de tus errores y tu pecado. Cuántas personas necesitan ser curadas por dentro. ¿Quién les ayudará a ponerse en contacto con un Jesús curador?

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7DO.I.B - 2012 (Mulet)

Francesc Mulet, escolapio
El paralítico es el prototipo de la invalidez, el hombre que no puede moverse por sí mismo ni tiene libertad de acción… era una situación sin remedio y equivalía a estar muerto, ¿no es esa la situación de muchos seres humanos hoy?

Se trataba de un paralítico, que por sí mismo, no podía acercarse a Jesús. No sólo era la distancia, sino la muralla humana que se interponía entre los dos. La gran cantidad de gente que había acudido impedía al paralítico llegar a Jesús. Ante las dificultades, podía haberse resignado y quedarse en casa. Pero este hombre tenía amigos dispuestos a ayudarle. Y estos hombres, tenían fe en Jesús.

Jesús ve, en efecto, “la fe que tenían”. La respuesta de Jesús a su fe no es la curación del enfermo, como se podría esperar. La sola curación física del paralítico sería una restauración a medias: se le restituiría la salud exterior, pero el hombre no quedaría curado del todo y permanecería en su desorden interior.

Los cristianos no valoramos suficientemente la fuerza liberadora que encierra la experiencia del perdón de Dios. El perdón quiere decir que nuestra vida siempre tiene salida. Siempre podemos empezar de nuevo. Quién cree en el perdón, quién hace la experiencia interior del perdón de Dios nunca está perdido. En lo más profundo de su ser encontrará siempre la fuerza para levantarse y comenzar de nuevo.

Sentirse necesitado de perdón y perdonar son exigencias del amor y pertenecen a una gran necesidad humana... El ser humano es débil, limitado y lleno de fragilidades. Necesitamos el perdón y sólo desde la experiencia de ser acogidos y perdonados podemos avanzar en nuestra vida.

El perdón es la posibilidad humana de realización, ya que perdonar y recibir el perdón es contar con la capacidad de cambiar nuestra vida, de reconstruir nuestra propia historia, de mejorar las relaciones con nosotros mismos y con los demás. El perdón nos abre un horizonte de esperanza.

El Evangelio de hoy pone de relieve la urgencia de volver a curar toda nuestra persona. Tenemos tanta necesidad de la serenidad interior como de la salud.

Podemos imaginar que nosotros somos hoy ante Jesús ese paralítico necesitado de su perdón y de su amor, a quien Jesús le dice: “hijo, tus pecados quedan perdonados”.

Ánimo en esta tarea de seguimiento de Jesús. Perdonemos y oremos mutuamente.
Un abrazo,

Francesc Mulet

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6DO.I.B - 2012 (Pagola)

Marcos 1, 40-45
AMIGO DE LOS EXCLUIDOS
José Antonio Pagola

Jesús era muy sensible al sufrimiento de quienes encontraba en su camino, marginados por la sociedad, despreciados por la religión o rechazados por los sectores que se consideraban superiores moral o religiosamente.

Es algo que le sale de dentro. Sabe que Dios no discrimina a nadie. No rechaza ni excomulga. No es solo de los buenos. A todos acoge y bendice. Jesús tenía la costumbre de levantarse de madrugada para orar. En cierta ocasión desvela cómo contempla el amanecer: "Dios hace salir su sol sobre buenos y malos". Así es él.

Por eso, a veces, reclama con fuerza que cesen todas las condenas: "No juzguéis y no seréis juzgados". Otras, narra pequeñas parábolas para pedir que nadie se dedique a "separar el trigo y la cizaña" como si fuera el juez supremo de todos.

Pero lo más admirable es su actuación. El rasgo más original y provocativo de Jesús fue su costumbre de comer con pecadores, prostitutas y gentes indeseables. El hecho es insólito. Nunca se había visto en Israel a alguien con fama de "hombre de Dios" comiendo y bebiendo animadamente con pecadores.

Los dirigentes religiosos más respetables no lo pudieron soportar. Su reacción fue agresiva: "Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de pecadores". Jesús no se defendió. Era cierto. En lo más íntimo de su ser sentía un respeto grande y una amistad conmovedora hacia los rechazados por la sociedad o la religión.

Marcos recoge en su relato la curación de un leproso para destacar esa predilección de Jesús por los excluidos. Jesús está atravesando una región solitaria. De pronto se le acerca un leproso. No viene acompañado por nadie. Vive en la soledad. Lleva en su piel la marca de su exclusión. Las leyes lo condenan a vivir apartado de todos. Es un ser impuro.

De rodillas, el leproso hace a Jesús una súplica humilde. Se siente sucio. No le habla de enfermedad. Solo quiere verse limpio de todo estigma: «Si quieres, puedes limpiarme». Jesús se conmueve al ver a sus pies aquel ser humano desfigurado por la enfermedad y el abandono de todos. Aquel hombre representa la soledad y la desesperación de tantos estigmatizados. Jesús «extiende su mano» buscando el contacto con su piel, «lo toca» y le dice: «Quiero. Queda limpio».

Siempre que discriminamos desde nuestra supuesta superioridad moral a diferentes grupos humanos (vagabundos, prostitutas, toxicómanos, sidóticos, inmigrantes, homosexuales...), o los excluimos de la convivencia negándoles nuestra acogida, nos estamos alejando gravemente de Jesús.

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6DO.I.B - 2012 (Mulet)

Francesc Mulet escolapio

En el texto de este domingo nos encontramos un breve diálogo de fe entre Cristo y un enfermo de lepra; que concluye con la curación de éste por Jesús. El enfermo es reintegrado así a la comunidad de los hermanos, de la que su enfermedad le apartaba según la prescripción del Levítico.

Criterio último y definitivo para conocer al cristiano maduro en su fe es ver cómo se relaciona con Dios, viviendo su fe como diálogo y no como monólogo egocéntrico. La fe como diálogo comienza por la absoluta disponibilidad para escuchar a Dios, a fin de darle después una respuesta personal que nos capacita para el testimonio exterior.

Cuanto más inmadura es la fe, es decir, la experiencia y el contacto con Dios, mayor será el deseo, la tentación y el peligro de buscar un sistema de seguridad por medio de un montaje religioso, calculado a la propia medida. Esto se da tanto a nivel popular como a nivel teológico y pastoral. A nivel popular se plasma en lo que podemos llamar "el seguro religioso del pequeño burgués", instalado en su rutina egoísta y conservadora. A nivel teológico-pastoral, frente a una teología que avanza en el diálogo y compromiso con el mundo, hay quienes prefieren un sistema férreo de conceptos teológicos y normas fijas que aquilata al milímetro los términos, pero que desdibuja la transmisión del misterio y se despreocupa de la vida.

Es evidente que el camino hacia una fe madura conlleva crisis y dificultades. Unas provienen del exterior, otras del interior. Entre las dificultades provenientes de fuera de la persona hay que enumerar al menos tres:

1ª. La escasa transparencia de los medios y signos por los que habitualmente nos llega la fe: palabra, sacramentos y comunidad.

2ª. Las deficiencias en la transmisión de la fe: educación religiosa en la familia, en la catequesis, en la enseñanza y en la predicación en general.

3ª. La falta de testimonio vivo de fe en su conducta familiar, laboral y social por parte de quienes se dicen creyentes y cristianos. Ésta tercera es la causa más grave de las tres.

El diálogo de una fe madura se realiza con Dios, mediante la oración y la meditación, que han de ser también revisión de vida; así las relaciones fraternas y los asuntos temporales se ven en relación con Dios. Finalmente el diálogo de la fe aterriza y se encarna en el mundo y en la realidad, prosaica a veces, esperanzada otras, conflictiva las más y humana siempre.

El evangelio nos enseña a dialogar con el Señor. Ánimo y a seguir adelante en esta tarea.

Que tengas una buena semana y que reces también por los escolapios.
Un abrazo,
Francesc Mulet

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5DO.I,B - Homilía - 2012 (Ángel M.)

P. Ángel Martínes

+Job comienza su quejosa meditación sobre la pesadumbre de la vida iluminámdola con un principio que parece tranquilizarle la mente y extender un paño consolador sobre las penalidades de la misma, de su vida, que, según la Escritura, en él, aparecen como extremas; el hombre, dice, ”está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero...que aguarda el salario ”. No cabe duda que el lenguaje metafórico con que embellecemos los pesares diarios entraña un alivio de los mismos, al fin y al cabo el hombre también es pensamiento y conocemos la fuerza de éste en todo nuestro ser, sobre todo cuando es nuestra propia mente la que lo ha fabricado.

Pero, a continuación, una vez más al sosiego de la oración se le sobrepone todo el peso del día a día; y entonces todo en Job, como en cualquier hombre que sufre, se convierte en llanto plañidero y comienza a describir la dura realidad tal como la siente a diario, y no esfumada como se la presenta la mente; y entonces:

+*se sabe un esclavo que constantemente busca en la sombra el alivio pronto del pondus diei et aestus

+*que lo único que tiene entre manos son días, meses, años baldíos, es decir vacíos, que no le aportan ningún consuelo ni alivio

+*que ni siquiera la noche, que se alarga, le sirve de descanso, pues se le sume en una fatiga interminable, con negros pensamientos, hasta el alba, cuya espera se le hace eterna, dando vueltas y más vueltas, hasta con la misma incertidumbre de si ella, el alba, lo encontrará vivo

+*pero además, dice, mis días corren más que una lanzadera lo que convierte mi vida en un soplo, y qué esperanza de nada me puede quedar, pues sé que mis ojos no verán más la dicha.

Es posible que también a nosotros los años de nuestra vejez se nos tornen insípidos, sobre todo si los de nuestra juventud y adultez han sido brillantes por su actividad y dinamismo. Con todo, hemos de reconocer que hay en nuestro mundo muchas personas a las que la vida, demasiada colmada a veces de dolor, o de simple vacío se les presente como a Job como una pasión inútil, según decía Sartre, como una experiencia sin sentido.

+ En la segunda lectura, Pablo, en diálogo hecho público, pues lo incluye en una carta dirigida a los Corintios, pero que en el fondo es un monólogo consigo mismo, ahonda en la reflexión de Job, pero la ilumina con reflectores altamente espirituales: ¿mi vida...?, se pregunta, no tiene otra alternativa que la de predicar, pues no la he escogido yo a mi gusto, en cuyo caso tendría mis supuestos derechos a las rentas de ese capital mío aventurado por mí; pero no, toda ella es un encargo que otro ha puesto sobre mis hombros; por eso, si se me ocurriera preguntar ¿cuál es mi paga?, me respoondo, dice, simplemente la de predicar, dar a conocer el evangelio, anunciándolo precisamente de balde, pues no es mío, ni siquiera me torturo con la esperanza de los supuestos derechos del portador. Mi respuesta a la gratuidad de la elección de mi vida por otro, es tan gratuita como la misma elección; por eso me abajo a los débiles aunque yo no lo sea... y nada espero de esto como no sea el participar también yo del contenido del Evangelio que predico siendo él un gran don no merecido pero, además, profundamente rico.

Como vemos, hermanos la respuesta de Pablo a la vida dista toto coelo a la quejumbrosa de Job, que por lo demás no criticamos, pues tantas veces caemos también nosotros en exigencias por lo que hacemos, incluso con la experiencia repetida de que cada vez que lo hacemos así, repetimos en nosotros la desesperanza, pues sólo un corazón sencillo y dispuesto a la entrega puede satisfacerle de verdad, en profundidad al hombre, hecho a imagen de Dios que es todo amor gratuito, ofrecido, desinteresado. La advertencia que Pablo se hace a sí mismo, cuando exclama “y ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Nos recuerdan esas otras Palabras de la Escritura: “No entrarán en mi descanso”. El descanso de Dios es, primero la paz del alma, “mi paz os doy”, que nos prometió Jesús, y con ella todo los demás. Y de esa paz sólo disfruta el hombre que se siente evangelio, buena noticia que ofrecer a su hermano con su conducta, pues los bienes del evangelio son a la vez la mejor paga para el mismo hombre que lo predica. Y quizás, este de los bienes del evangelio sea un capítulo que predicamos poco: la buena conciencia con Dios, con el prójimo y consigo mismo; la mente clara sobre los valores de la vida cristiana, las ventajas de esforzarse en entrar por la vía estrecha de fidelidad que mantiene la vida en equilibrio, la esperanza en la Providencia de Dios, la fe en que Dios se ha encarnado para darnos ejemplo de vida y fuerzas con su gracia, la caridad, cuya consumación nos aguarda en el Cielo. Esa es nuestra paga, la paga de la vida para el cristiano.

Finalmente en el Evangelio de hoy contemplamos, como de costumbre, a Jesús haciendo realidad concreta la doctrina considerada en las dos primeras lecturas: habilitando a la suegra de Pedro, que por cierto, enferma, debía sufrir más por no poder serles útil que por el malestar de la fiebre; de hecho significativamente añade el evangelista: enseguida se puso a servirles: esa fue la paga que esperaba. Y a continuación la enorme y polifacética acción curativa de Jesús y la oración de madrugada en el silencio de la creación, sumido en el amor al Padre (qué consolador ejemplo para nosotros) y la respuesta que dio a los suyos, cuando para arrancarle con fuerza de su oración le dijeron ’todo el mundo te busca’... Pues, si es así, salgamos nosotros a su encuentro, vayamos a sus aldeas a predicarles en ellas, que para eso he venido yo. Es la respuesta a la queja de Job y al temor de Pablo: ay de mí si no predicare... Y así recorrió toda Galilea predicando, adoctrinando y expulsando a tanto demonio que tantas veces se introduce en nuestras vidas

La vida: una oportunidad que se nos ha dado, para, superando las lamentaciones sobre sus pesadumbres, predicar el evangelio cada uno en la medida en que lo haya recibido y se vea identificado con él.

Terminemos la escucha de la Palabra de Dios en esta Eucaristía, repitiendo una vez más el estribillo del salmo responsorial: Alabad al Señor que sana los corazones quebrantados. Sólo Dios puede cambiar nuestras quejas en actividades evangélicas. Así sea, así es.

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5DO.I.B- 2012 (Mulet)

Francesc Mulet, escolapio

La palabra de este domingo nos muestra a Jesús venciendo con su poder divino el mal que, como vemos en el caso de Job y en los numerosos enfermos que cura Cristo, trata de dominar al hombre de múltiples maneras, físicas y espirituales. También Pablo siente la urgencia de proclamar la salvación de Dios para el hombre y exclama: ¡Ay de mí si no anuncio el evangelio!

Hay en el evangelio de hoy un detalle que no puede pasarnos desapercibido. Al día siguiente de haber curado Jesús a la suegra del apóstol Pedro y a otros muchos enfermos que le trajeron al atardecer, el Señor "se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar". Es frecuente en los evangelios esta referencia a la oración de Jesús, que fue su diálogo constante con el Padre.

Tal es la actitud de una fe madura. Sobre ella reflexionaremos hoy, acentuando la necesidad de la madurez personal como soporte de esa fe, para dar el paso de una fe infantil a un cristianismo adulto.

Hablamos hoy de cristianos maduros no por moda o por emancipación del paternalismo clerical de antaño, sino por la convicción profunda de que la fe, para sobrevivir en un mundo secularizado, ha de caminar al mismo paso que la madurez y progresiva personalización del desarrollo humano. Por eso deben corresponderse maduración humana y madurez cristiana.

A las edades cronológicas de la vida: infancia, adolescencia, juventud, edad madura y ancianidad, corresponde una edad sicológica, que no permite el estancamiento ni la regresión. Esto debiera ser así, pero con frecuencia el desarrollo no es rectilíneo, sino con altibajos como efecto de las regresiones que dificultan la integración personal y la convivencia.

Una madurez total es un ideal difícil de alcanzar, pero esforzarse por darle alcance es un deber moral del hombre y de la mujer.

Respecto de la Iglesia, la actitud madura es sentirse miembro responsable de la misma. Ni identificación infantil ni crítica destructiva, sino adhesión personal a la misión de la misma, viviendo bajo el signo del Espíritu con los demás y para los otros, para la difusión de la justicia, de la paz y del amor evangélico. Para esto hay que tomar conciencia de dos aspectos.

1) Vocación del cristiano en la Iglesia de Dios.

2) Es necesario soportar los defectos ajenos lo mismo que los propios, porque son fruto de las limitaciones humanas de una Iglesia compuesta de hombres y mujeres, una comunidad que es santa y pecadora simultáneamente. El tesoro de la fe "lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros" (2Cor 4,7).

En la vida encontramos pocos cristianos auténticamente adultos; pero la verdad es que tampoco existen muchos hombres y mujeres maduros, con personalidad armónica, seguros de sí mismos y equilibrados.

Vivimos en una civilización masiva que no favorece sino que aliena la persona, debido al consumismo, la propaganda del tener sobre el ser, la televisión que infantiliza, la manipulación ideológica, etc.

Una civilización donde la neurosis y la despersonalización de las relaciones, el vértigo y la prisa, la hipertrofia de los sentidos y de la corporalidad, retardan la maduración del individuo, creando regresiones sicológicas y fomentando fijaciones conflictivas. Hemos de reaccionar, motivándonos para crecer con la ayuda de Dios como personas y creyentes.

Ten ánimo y continúa en este camino de personalización y seguimiento del Señor. Reza por los escolapios.

Una abrazo fraterno,
Francesc Mulet

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Friday, January 27, 2012

4DO.I,B 2012 (Mulet)

Francesc Mulet, escolapio

Si al llegar la plenitud de los tiempos Dios no habló ya por intermediarios, sino por su propio Hijo, eso tenía que notarse en la palabra de Jesús. Él no habla con autoridad vicaria, sino propia. Los profetas comenzaban siempre así: "Esto dice el Señor". En cambio, Jesús afirma:"Habéis oído que se dijo a los antiguos..., pero yo os digo".

Cristo tampoco hablaba como los rabinos, que comentaban la Escritura a base de citar autoridades y de casuística atomizada, cargando fardos pesados sobre los oyentes. No; el estilo de enseñar de Jesús era más bien liberador; era el anuncio de una buena noticia para los sencillos. Naturalmente, la gente captó la diferencia; por eso le entusiasmaba, "porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad".

Es la autoridad que viene del carisma y no del poder; por esa autoridad optó Jesús. El poder se da y se quita a dedo o por los votos, pero la autoridad se gana a pulso, se merece y se goza. Tener autoridad supone tener carisma. Éste era el punto fuerte de Jesús, quien, por otra parte, había renunciado a todo poder para sí y los suyos: "El que quiera ser el primero entre vosotros que se haga el último y el servidor de todos. Igual que el Hijo del hombre que no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos" (Mc 10,44s).

El poder abre muchas puertas, llena muchos bolsillos, obliga, impone silencio, se atribuye carismas e incluso suplanta al Espíritu; pero no sirve para hacer mejores y más libres a las personas. En cambio, el carisma no se atribuye poderes, habla hasta con el silencio, libera al hombre y transparenta el Espíritu. Éste segundo fue el estilo de Jesús y debe ser el del cristiano y la Iglesia.

El evangelista San Marcos relaciona más estrechamente que los otros dos la actividad docente del Señor con su revelación como Mesías e Hijo de Dios. ¿Cómo? A base de conectar la enseñanza de Jesús con sus milagros, cuya abundante narración viene a apoyar la palabra del maestro. Ambos aspectos, mensaje y obras, ponen de manifiesto la autoridad superior y el poder mesiánico de Jesús, revelando su persona divina.

Una autoridad personal y diferente es lo que demuestra Jesús en su enseñanza y sus obras, porque no se basa en la fuerza, sino en el carisma. Cuando en más de una ocasión sus enemigos lo increpan: ¿Con qué autoridad haces esto?, Cristo se remite precisamente al testimonio de sus obras. Ellas probaban sobradamente su identidad mesiánica, que sus adversarios no querían reconocer, cegados por la idea de un mesías poderoso.

Pero estas obras a las que Cristo se remite no son actos de fuerza avasalladora, sino servicio humilde a la liberación de los pobres, los enfermos y los esclavos del pecado. Por eso, el significado más profundo de las curaciones que Jesús realiza, por ejemplo, de "endemoniados"como el de hoy, es, sin duda, su dimensión liberadora de la persona. Aquí radica la grandeza de quien vino a servir y a salvar lo perdido.

Te pido que tengas ánimo y sigas animado en el camino de Jesús.

Reza por los escolapios. Un fuerte abrazo,

Francesc Mulet i Ruís

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3DO.I,B 2012 (Pagola)

Marcos 1, 14-20
OTRO MUNDO ES POSIBLE
José Antonio Pagola

No sabemos con certeza cómo reaccionaron los discípulos del Bautista cuando Herodes Antipas lo encarceló en la fortaleza de Maqueronte. Conocemos la reacción de Jesús. No se ocultó en el desierto. Tampoco se refugió entre sus familiares de Nazaret. Comenzó a recorrer las aldeas de Galilea predicando un mensaje original y sorprendente.

El evangelista Marcos lo resume diciendo que «marchó a Galilea proclamando la Buena Noticia de Dios». Jesús no repite la predicación del Bautista, ni habla de su bautismo en el Jordán. Anuncia a Dios como algo nuevo y bueno. Este es su mensaje.

«Se ha cumplido el plazo». El tiempo de espera que se vive en Israel ha acabado. Ha terminado también el tiempo del Bautista. Con Jesús comienza una era nueva. Dios no quiere dejarnos solos ante nuestros problemas, sufrimientos y desafíos. Quiere construir junto con nosotros un mundo más humano.

«Está cerca el reino de Dios». Con una audacia desconocida, Jesús sorprende a todos anunciando algo que ningún profeta se había atrevido a declarar: "Ya está aquí Dios, con su fuerza creadora de justicia, tratando de reinar entre nosotros". Jesús experimenta a Dios como una Presencia buena y amistosa que está buscando abrirse camino entre nosotros para humanizar nuestra vida.

Por eso, toda la vida de Jesús es una llamada a la esperanza. Hay alternativa. No es verdad que la historia tenga que discurrir por los caminos de injusticia que le trazan los poderosos de la tierra. Es posible un mundo más justo y fraterno. Podemos modificar la trayectoria de la historia.

«Convertíos». Ya no es posible vivir como si nada estuviera sucediendo. Dios pide a sus hijos e hijas colaboración. Por eso grita Jesús: "Cambiad de manera de pensar y de actuar". Somos las personas las que primero hemos de cambiar. Dios no impone nada por la fuerza, pero está siempre atrayendo nuestras conciencias hacia una vida más humana.

Creed en esta Buena Noticia». Tomadla en serio. Despertad de la indiferencia. Movilizad vuestras energías. Creed que es posible humanizar el mundo. Creed en la fuerza liberadora del Evangelio. Creed que es posible la transformación. Introducid en el mundo la confianza.

¿Qué hemos hecho de este mensaje apasionante Jesús? ¿Cómo lo hemos podido olvidar? ¿Con qué lo hemos sustituido? ¿En qué nos estamos entreteniendo si lo primero es "buscar el reino de Dios y su justicia"? ¿Cómo podemos vivir tranquilos observando que el proyecto creador de Dios de una tierra llena de paz y de justicia está siendo aniquilado por los hombres?

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3DO.I,A 2012 (Mulet)

Francesc Mulet, escolapio

Convertirse al reino de Dios supone optar por las cualidades constitutivas del mismo, que son los valores personales del ser: verdad y vida, santidad y gracia, justicia, amor y paz, frente a los del tener: dinero, poder, influencia, explotación y dominio. En el interior del hombre, en su corazón, es donde ha de germinar la minúscula semilla del reino; porque es del corazón de las personas de donde brota todo lo bueno y lo malo que vemos en el mundo, como avisó Jesús.

Solamente si nos convertimos a los valores del reino de Dios abandonaremos los criterios del mundo y del hombre terreno, asimilando las actitudes básicas de las bienaventuranzas: pobreza, hambre y sed de justicia, fraternidad, solidaridad, no violencia, reconciliación, perdón y amor al hermano, incluso al enemigo.

El cambio de estructuras en la familia y en la sociedad, en la política y en la economía, es un engaño y una utopía imposible sin esta conversión interior. Pues la trampa y el egoísmo antiguos se agazaparán en la ley y situación nuevas, perpetuándose así el desamor, la explotación del otro y la opresión del más débil. Únicamente la levadura que actúa desde dentro, es decir, la opción evangélica, puede transformar la masa entera y hacer efectivo el proyecto del reino en nuestra vida y nuestro mundo.

Los dones que recibimos de Dios tienen una finalidad sublime: colaborar con él en su reino, es decir, en la obra creadora del bien y del amor, aportando cada uno su granito de arena.

El mundo y la historia, la vida y la ciencia, el amor y la justicia, la sociedad y la familia, todo eso es responsabilidad humana, porque Dios lo dejó en manos del hombre. Son los talentos que él le confió para que los ponga al servicio del bien común, multiplicándolos y haciéndolos asequibles a todos. Esa legítima secularidad, con Dios en la raya del horizonte, es un presupuesto para la auténtica mayoría de edad del cristiano.

Creer es comprometerse y asumir conscientemente la propia responsabilidad y el proyecto cristiano personal y comunitario en progresión ascendente y sin fijaciones infantiles.

Por eso, motivémonos para crecer como personas y como cristianos en profundidad personal y en relación comunitaria; porque ésa es la regla evangélica del juego y la ley del reinado de Dios, ley de crecimiento a todos los niveles. Que él nos conceda el espíritu joven del evangelio para amar cada día más, para empezar la vida cada mañana a los treinta, cuarenta o sesenta años.

Para eso, necesitamos vivir en un perenne estado de conversión, porque el momento que vivimos es apremiante.

Ánimo y a continuar en la tarea del Reino que se nos ha encomendado.
Un abrazo cordial,

Francesc Mulet i Ruís

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