Thursday, April 10, 2008

CA - 3DC - 2008 (Bernardo)

Bernardo Navarro

En este proceso de profundización de lo que significa la Cuaresma como preparación para la Pascua, la Liturgia presenta a nuestra consideración el tema de Jesucristo fuente de agua viva, que sacia la sed más profunda que todos tenemos de ser libres y felices. Al mismo tiempo nos invita a vivir la vida que él nos dio en nuestro Bautismo, la única que puede saciar todos los tipos de sed que hay en el corazón humano.

El Evangelio de la samaritana, uno de los textos clásicos del catecumenado cristiano, porque su contenido expresa a través de la realidad del agua, elemento esencial para la vida, lo que el Bautismo significa en la vida sobrenatural. Al mismo tiempo, el agua es símbolo en la Biblia de las bendiciones de Dios y en particular, de la efusión del Espíritu, como se lee por ej. en Ez.36,25-26: “Derramaré sobre vosotros un AGUA pura que os purificará; de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un ESPIRITU nuevo”. Israel, pueblo estepario, vio en el agua un auténtico favor de Dios y un signo de vida.

Teniendo presente esta tradición del agua, plenamente conocida, en aquel ambiente, Jesús en su diálogo con la samaritana, utiliza el tema del agua para hacer comprender a aquella mujer que la sed natural que la lleva a venir todos los días con su cántaro al pozo, no es más que un signo de esa insatisfacción más profunda de felicidad y paz, ese deseo de una vida nueva que le ha llevado a una carrera desenfrenada por los caminos de la vida sin que haya podido saciarla a pesar de los cinco maridos con los que ha vivido.

Una vez la mujer ha aceptado su realidad personal, Jesús se le manifiesta como el que puede saciar esa insatisfacción que arrastra, porque es fuente de vida para el que cree en su persona, como nos dice en Jn.7,37-38:” Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba. Como dice la Escritura de lo más profundo de todo aquel que crea en mí brotarán ríos de agua viva”. Y por medio de Is.55,l: “Vengan por agua todos los sedientos, vengan aunque no tengan dinero...”

La samaritana, tras el diálogo con Jesús, descubre que el secreto de su felicidad está en creer en El, en aceptar el amor que Jesucristo ofrece y responder con amor confiado. Cuando ella comprendió y aceptó las palabras de Jesús, dejó el cántaro, signo de la rutina de la vida que había llevado, y corrió a anunciar a los demás habitantes del pueblo que en Jesús había encontrado la paz interior que inútilmente había buscado tanto tiempo por caminos que la habían alejado cada vez más de Dios.

La samaritana es un símbolo de toda aquella persona que no consigue apagar su sed. Va de pozo en pozo, de mercado en mercado, buscando nuevos productos para apagar la sed de paz y felicidad que le torturan, pero al final sigue con más sed, con más deseos, con más necesidades; hasta que un día tiene la suerte de dar con Jesús, encontrarse con su mirada y la vida se transforma. Pero, como nos dice la segunda Lectura, para ello hace falta esperar pacientemente, pues la salvación no es fruto de la bondad del hombre sino del amor de dios que siempre es gratuito.

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